Mi laberinto: En el periodismo venezolano ¡no hay vuelta atrás!

A luz del concepto más puro el periodista es un profesional cuyo deber es informar en distintos ámbitos sobre sucesos o situaciones, plantear escenarios, presentar pruebas y discernir sobre temas en los que se ha ido especializando; lo más importante aún, servir como canal para denunciar los excesos del poder político o económico, una ventana informativa donde el ciudadano común encuentra la manera de expresar las cosas con las que está y no de acuerdo; ya lo mencionaba Jorge Ramos en su libro “La caza del león” el periodista sabe que debe informar con la verdad, pero su principal misión es ser el contra poder.

Ahora bien, está formula funciona adecuadamente bajo el amparo de la democracia, les guste o no a los actores políticos, siempre encontrarán en los medios de comunicación la amenaza de ser descubiertos en acciones ilícitas y abusos, o simplemente la posibilidad de perder su carrera pública al quedar en evidencia que no fueron funcionarios públicos eficientes y cumplidores en su gestión; en el tiempo se ha ido construyendo una relación amor – odio entre los políticos y los medios de comunicación; convivencia libremente aceptada y con profundas raíces históricas.

Pero no todo es negativo en esa relación, los medios de comunicación también son capaces de mostrar obras sociales bien hechas y lograr matizar la opinión pública sepultando los errores debajo de los éxitos logrados, sobre todo en temas de infraestructura como hospitales, vialidad o colegios. Esta ventana en positivo también contribuye a mantener la buena imagen política, estando todos claros en este juego, que aunque lo haga bien, si luego se equivoca, el periodismo será el primero en señalarlo; es una manera coercitiva y eficaz de mantener estándares de calidad gubernamental.

Todo funciona engranado sí y sólo sí, cada actor sabe qué papel representa y su función social. Pero qué pasa si en el juego democrático alguno de ellos pierde la perspectiva y empieza a tomar el rol del otro; como en una familia disfuncional donde la madre necesariamente y aunque no sepa cómo hacerlo, le toca ser “el hombre de la casa”. Entonces el entorno de aquella relación ancestral y equilibrada entre el periodismo y la política, pierde su eje y se distorsiona el ejercicio de las funciones primarias de cada uno, porque además, ambos representan las bases del servicio social: La política para hacer y el periodismo para informar.

Venezuela sufre de una relación profundamente distorsionada, tanto que no se ve claramente la posibilidad de regresar a tener una convivencia sana. Mientras el gobierno central asegura en el discurso local como en el internacional que nuestro país goza de una gran libertad de expresión, los medios de comunicación denuncian incluso en el plano legal ante la Organización de Estados Americanos (OEA) y la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) que en nuestro país se viola una y otra vez la libertad periodística.

Ejercicios con vicios legales como el cierre doble del canal 2 Radio Caracas Televisión (RCTV), en señal abierta en el año 2007 y después su señal por cable en enero de este año; donde el Estado alegó la primera vez que habían perdido la concesión de la señal y no se la renovarían, aún sabiendo que fue la televisora pionera y escuela de los talentos venezolanos, sustituyéndolo con el canal TVES, cuya programación es de mala calidad y alto contenido de apoyo oficialista, convirtiéndose en una perenne campaña política de alcance nacional, como si el canal 8 no les bastase. Se han ido silenciando poco a poco las emisoras de radio como el circuito CNB, que era el de mayor alcance de frecuencia y con más emisoras en el país; el dial está tomado por las radios comunitarias, sin supervisión alguna de CONATEL y también al servicio público pero de las ideas socialistas del Gobierno y para ponerle un gran lazo de regalo, la actual presión económica de un papel periódico importado ahora a Bs. 4.30 por dólar.

En el marco de esta relación asfixiante entre los medios de comunicación y el Gobierno, se suma que la fuerza política que debe ponerle coto al ejercicio desmesurado del chavismo no tiene ni un líder que encabece la oposición, ni han logrado acertar en el juego político, dejando el peso al movimiento estudiantil y como máxima estrategia utilizan las marchas de los ciudadanos opositores. En esta ausencia de liderazgo político de contra peso, los medios de comunicación y los periodistas venezolanos han ocupado ese vacío y la misión de informar a pasado a ser un ejercicio político definido contra el oficialismo y toda su estructura, con los vicios que eso también ha traído, como la evidente tendencia política de los comunicadores, que en teoría debería ser no manifiesta.

Es cierto en Venezuela se puede decir lo que se quiera, pero cada vez hay menos espacios donde decirlo. Ya no hay acceso a las fuentes oficiales, al periodista se le ve como una amenaza que hay que callar, hacer emigrar o enviar a la cárcel; al mejor estilo de las dictaduras o países fundamentalistas. Aquí ejercer la comunicación social se ha vuelto tan riesgoso como ser un policía o un bombero. Sí el periodismo venezolano está distorsionado y ya no hay vuelta atrás, la única manera que regresemos al cause es ver un Estado que recupere su majestad, donde los poderes públicos sean independientes, con una Asamblea Nacional no la servicio de la revolución sino de todos los ciudadanos y una Defensoría del Pueblo que no sea ciega ante los maltratos físicos que han sufrido los comunicadores.

Mientras Hugo Chavéz quiera más silencio nosotros nos encargaremos de hacer más bulla. Seguiremos usando nuestras voces así sea de boca en boca y nuestra arma más peligrosa: la escritura. Porque la libertad de un país depende del libre ejercicio del pensamiento, sin duda mientras el poder no vuelva a estar en equilibrio ¡no hay vuelta atrás!

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