Un puente llamado Toki Eder (capítulo inédito)

Bonne nuit mon amour – dijo ella en tono picante, retirándole la mano para posarla en su curvilínea cadera, lo miró por encima del hombro y siguió conversando con los hombres que la rodeaban. Era admirada por su voz y su ingenio en las tablas, su vida sentimental era todo un misterio. Lo que nunca imaginó es que casi 100 años después seguiría siendo un acertijo. Ernesto no se separó de ella, entendió su refinada ausencia y como trataba de ignorarlo en medio de la música y la conversación, se sentía extraño, era ver por primera vez a la Venus del Milo; ella era majestuosa, perfecta y serena, aún en medio del aquel alboroto.

– Discúlpeme pero no me dijo su nombre – le dijo en voz baja sobre el hombro. Ella sintió como un escalofrío que le recorría toda la espalda, el aliento de aquel hombre era como una brisa fresca aquella noche. Se volteo sinuosa y le pidió disculpas por no haberlo dicho antes, culpó al ruido y a los amigos imprudentes; él sólo le sonrió esperando la respuesta

–        Spinelly, pero seguro ya lo sabía, hay un afiche en la entrada del salón

–        Si, ya lo sabía pero quería escucharlo de sus labios, no hay nada más hermoso que una mujer… una mujer como tú que pronuncie su nombre

Ella tambaleó en uno de sus tacones, aquel hombre la mareaba, intentó disimularlo como si estuviera bailando. Él la tomó de la mano, pensó que aquel tambaleo era una invitación y la sacó a la pista, sin pedirle permiso como si fuese suya, era el momento del tango.

– Sé que has estado en Argentina, vamos a ver si has aprendido algo… Spinelly- sus brazos la cubrieron por completo, hasta elevar su brazo, pausadamente la llevó hacia su pecho, ella no puso resistencia, era como si ambos estuviesen toda la vida esperando ese momento, aquel baile – Eres hermosa – le susurró, ella no le contestó nada,  solo bailaba. Todos los admiraban, ambos brillaban juntos, parecía que fuesen pareja de baile desde siempre, ambos eran los más deseados de la noche.

Al terminar la llevó a la terraza, Ernesto encendió un cigarro y se lo entregó – Por si quiere saber alguno de mis secretos –Ella sonrió, aspiró despacio mirando la luces infinitas de la noche parisina y se apoyó sobre su hombro – Yo… – respiró nuevamente – Yo seré tu mayor secreto – terminó de fumar y dejándolo solo en la terraza, regresó a la fiesta. No volvió a bailar con él, no era necesario. Él dejó que se fuera, vio como aquella sugestiva espalda se perdía entre la multitud.

– ¡Una actriz Ernesto! Imaginó la voz de su madre hablándole, tantos años entre Francia e Inglaterra y nunca imaginó quedar atontado por una actriz, pero es que la sentía mágica.  Spinelly definitivamente no pegaba con el ambiente exótico y selvático de Costa Rica, pertenecía a la música desorbitada de París y allí se quedaría. De repente se dio cuenta que tenía mucho tiempo divagando en sus pensamientos, pero es que sentía una extraña pasión y como sabía Ernesto de pasiones… Aquel viaje cambiaría por completo su historia y por cierto también la de tres generaciones después de aquella noche.

Tito Trigueros (mi abuelo) y Spinelli en París

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