Mi laberinto: Llegué tarde a Marruecos

Al viento de Ávalon

Llegué con el atardecer ocre y candente que daba paso a una noche silenciosa y seca. Un tintineo de vasos de metal se escuchaban en una casa lejana. El mercado ya estaba cerrado, la ausencia de color de aquellas callejuelas convertían a Marruecos en un paisaje desprovisto hasta del viento.

Parada ante aquella soledad, desvestí mi cabello dejando que la brisa húmeda lo despeinara sobre mis hombros blancos y brillosos.  Mi ojos goteaban profusos. Apreté las manos contra mi corazón tratando de aliviar el dolor. En mi boca quedaba el recuerdo del manajar de dátiles que era tu lengua. El hombre que cargaba mis maletas me advirtió alejándose del peligro de quedarme allí. Ni siquiera lo miré, con una seña le pedí que se terminara de marchar, el peligro ya lo había conocido a través de ti.

Él fue el que me dijo que habías de nuevo partido al Mediterráneo, llegué tarde de nuevo. Cerraba los ojos y podía imaginar tu barco envuelto en la bruma de mi tristeza. De ti me quedaron las finas sedas que me traías del oriente lejano. Te encantaba después de amarme en vino y miel, vestirme y seguir acariciándome con las sinuosas telas. Cada recuerdo está tatuado en mis venas. Por un instante mi pensamiento me traiciona y siento que me susurras, pero no es más que las polvorientas hojas secas que llegan a cruzarse con mis pies; todas vienen del malecón de Tánger que es vaporoso, diverso, y multi religioso como tú. Fue en esta costa donde mencionaste a Dios por primera vez delante de mi.

Tú, mercader de artes mágicas, piel tostada y aroma de incienso dejaste un desierto de desamor . Prometiste volver a mí cuando me besaste por última vez en el Bosque de Boulogne de París; no pude resistir tu partida y emprendí este viaje eterno buscándote a todo riesgo. He regresado a los aires que una y otra vez respiras, no logro encontrarte. En medio de mi agonía  tengo un sólo un deseo, quisiera que el sol fuese negro, así no tendría que enfrentarme a tu ausencia cada atardecer.

Ya es noche, no te veo, no me veo. Camino entre sombras y una luz tenue hace que abra más mis ojos. Me veo recostada en el diván, por la ventana se ve un cielo claro oscuro. Veo mi pashmina de seda tirada en el piso, tengo las manos contra mi pecho, me duelen. Escucho una voz cálida pidiéndome terminar de despertar.

No entiendo porque todavía te recuerdo en este siglo, esa tarde de Marruecos fue en 1883. Te he vuelto a encontrar.

Atardecer desde mi madriguera

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