Mi laberinto: un cuento de buenas noches

Hoy fue un día particularmente aburrido, eso atenta contra mi naturaleza, pero ni modo, hay días de días. En medio del tráfico vi una y otra vez imágenes de San Miguel, hasta en la entrada de un automercado, recuerdo que en algún momento me pregunté qué quería Él mostrarme, pero que va yo andaba medio antipática con la ciudad. No vi nada.

Acabo de llegar de caminar con mi cachorrita, tuve el impulso de llevarla al parque y así también me relajaba yo. No fui al de siempre, fui a uno que no había ido con ella, a veces llevaba a la mamá (Wanda).

Al rato de estar caminando un cachorro de rottweiler se puso a jugar con Ekaré y luego se acercó otro perrito, el dueño del segundo me pregunto si el rottweiler venía conmigo, porque tenía mucho rato dando vueltas. Le dije que no y me acerqué hasta que conseguí la placa; yo tengo sangre liviana con los perritos, él simplemente se dejó revisar.

Llamé al número de casa, la voz de un niño me atendió y cuando le pregunté si tenían un perrito dorado… un voz entre alegría y pánico, me dijo: “lo encontraste”, creo que me dio escalofrío, porque en realidad “Leo” nos encontró a nosotras.

Al rato llegaron a buscarlo, estaba perdido desde la tarde. Todo mi día en pocos minutos tuvo sentido. Yo tenía que pasar por todo este martes gris para llegar hasta un parque no habitual a devolverle a un niño su perro. Regresó el color.

Dios trabaja así… y yo por un favor ya recibido, hoy pagué deuda. Amén.

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4 comentarios en “Mi laberinto: un cuento de buenas noches

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