Venezuela necesita plasma 8D

Fotografía de Joaquín Ferrer. Manu. Las Mercedes. Caracas. Venezuela. Nov 2013 Fujifilm x20 (usada con permiso del autor)

Fotografía de Joaquín Ferrer. Manu. Las Mercedes. Caracas. Venezuela. Nov. 2013 Fujifilm x20 (usada con permiso del autor)

—————————————–

Caracas y sus cielos rojos que menguan el día, Caracas y sus pisos rojos de tanta sangre derramada. Roja es nuestra vergüenza. Roja es nuestra agonía.

-Qué le pasará a ese muchacho que hoy no se comió la arepa ¡Carajo cómo si no me hubiese calado la cola para esos dos paquetes de harina!- Lucrecia miró por la ventana y vio a Juancho con la mirada perdida sobre el Valle de Caracas. Él escuchaba los gritos de su mamá y la ignoraba; aprendió a hacerlo hace mucho rato, cada grito ponía un paso de distancia entre ambos. Lucrecia notaba que a Juancho los pantalones le quedaban ya brinca pozos, había crecido muy rápido, sentía nostalgia de tenerlo sobre su pecho, pero ya era un muchachote de diez años y ella no sabía qué hacer con eso, con la preguntadera, con sus noches sin dormir aferrado a su violín practicando para la audición final en una orquesta infantil europea, porque estaba concursando para una beca, el maestro estaba seguro que lo lograría, Lucrecia también pero no se lo decía, no quería un muchacho débil.

– Qué coma cuando le dé la gana, carajito pendejo -. Terminó de gritar sentándose a ver televisión.

Con desganas Juancho se sentó en la escalera, justo donde la abuela dice que los niños buenos no deben hacerlo, pero poco le importaba esa tarde; veía como el sol empezaba a posarse sobre Petare, nunca lo había visto a tanto detalle, los vidrios se volvían espejos de todos los tamaños y el naranja de los ranchos parecía una hoguera. Desde dónde él estaba sentado no se ven la avenidas, hay muchas escaleras de por medio entre su casa y la parada de autobús; lo que sí lograba ver es como empezaban a salir de los callejones la gente de “el ciempiés”, era hora de ir a trabajar.

Tomó el violín con la mano temblorosa, aquellas notas chocaban con furia contra los bloques, parecían un chillido de lamento que se deslizaba por las cañerías. Una cuerda saltó y le rozó la barbilla, con su manito sudorosa sobó el golpe y siguió tocando; Bach se mezclaba angustiado con los gritos de Lucrecia y los pasos apresurados de los ciempiés.

En su hombro sintió una mano gruesa y pesada, se volteó sin mucho asombro, era Lucho, ya cumplió quince aunque parece que tiene mucho más, es demasiado corpulento, antes jugaba béisbol, pero él mismo dijo que “se dejó de eso”, vender marihuana le daba más plata y él quiere salir  rápido del barrio. Juancho recordó lo que decía su abuela, que esos muchachos no llegan a los veinte, suspiró aliviado, -aún le quedan cinco-. Lucho le dio un leve coscorrón sin decirle nada, una mueca amistosa quedó en el aire y siguió bajando las escaleras; antes de irse le lanzó un periódico en los pies. – Pa´que veas que aquí lo que hay es malandros, te lo dije chiamo– Juancho no dijo nada, bajó el violín y levantó su dedo grosero.

-Qué gafo el Lucho- menos mal que es mi amigo, pero es un gaaaaafoooo. Vio el periódico a sus pies y no dijo nada, ahora el que se sintió gafo fue él, no quiso recoger el diario del piso. La misma foto la había visto en un video en la tablet de su profesor de música, toda la orquesta  lo vio, el país entero también.  Pisó el periódico, dejó el violín tirado en medio de la escalera y con largas zancadillas alcanzó a Lucho abajo, lo empujó por la espalda y le mentó la madre. Todos los que estaban cerca quedaron como paralizados, Juancho el niño bueno, el que estaba en la orquesta empujaba a un malandro y encima lo insultaba.

-¿Chiamo te volviste loco? – le dijo sacando el revólver y apuntándolo.

– Dámelo- dijo lucho Juancho sin temblarle la mano.

– ¿Dame qué pajuo? – Gritaba horrorizado y sorprendido, Lucho.

– ¡El revólver puej dámelo ya! – Dijo acelerado

Lucho se acercó despacio, puso la boca del revolver en la sien de Juancho, quien lo veía directo a los ojos y sin parpadear. Lucho sentía su franelilla empapada que se le pegaba a la espalda y una gota ácida le rozaba los labios y buscaba camino hacia el cuello. Estaba apuntando a su amigo  y tampoco le temblaba el pulso. Fue deslizándole el arma por el cuello, los hombros y luego la pegó contra el pecho de Juancho. Agarró la mano del niño y la puso sobre el arma.

-¿La vas a calentá? – Dijo Lucho empujando más el arma en el pecho de Juancho

– Sí y te la voy a vaciá a ti si sigues con la paja – Juancho tomó el revólver y volvió escaleras arriba. Abajo Lucho se empinaba una cerveza, sus ojos desorbitados se posaban sobre el mostrador lleno de chapas, voces alrededor  trataban de entender qué había pasado, pocas veces había sentido tanto miedo, de sólo pensar que su amigo, el que tanto admiraba, un futuro Dudamel, esa noche tendría su primer muerto, le revolvía las tripas, así no era la historia de Juancho, así no era la historia… Tiró la botella en la entrada de la bodega y se fue escaleras arriba.

Mientras el pequeño violinista ocultaba el arma debajo de sus muslos y seguía tocando como hipnotizado. Lucho subía tan rápido que casi le pasa por encima. No dijo nada, se sentó a su lado y lo escuchó tocar. Juancho lo ignoraba. Poco a poco fueron subiendo el resto de los ciempiés y se sentaron cado uno en un peldaño, eran como seis, ninguno llegaba a los veinte años. Juancho los miró de refilón y siguió tocando. Era la primera vez que aquellos chamos, los más duros del barrio, escuchaban música clásica. – ¿Chiamo y allí no canta nadien? Preguntaba uno. – ¡Cállate ignoranto esos cantan solo en el val de las quinceañeras, tú como que no vas pa´fiestas finas won! – Fanfarroneaba otro.

Lucho acarició la cabeza de Juancho y en voz baja, casi de sepulcro le dijo – ¿Entonces la vas a calentá? – No hubo respuesta.

-Vámonos lambucios que hay que trabajá, después de esta noche el violinista este será un ciempiés – Expresó sin emoción alguna. Todos desaparecieron, menos Juancho y su música.

Ya la noche cubría las escaleras, apenas un cocuyo tres casas más abajo daban un poquito de luz. El papá de Juancho venía apresurado, abajo en la parada solo se hablaba de la pelea, por su mente pasaba de todo, pero se negaba a imaginar a su hijo empuñando un arma – Yo no crie malandro- se repetía. – lo voy a jodé con la correa, lo voy… Cruzó la última escalinata hacia la casa y escuchó el violín, en medio de aquella oscuridad, parecía como un aullido de perro adolorido. Se paró un segundo y tomó una bocanada de aire para terminar de subir.

Juancho reconoció a su padre entre las sombras. Tomó el revólver y se lo metió atrás en la espalda. Melquiades tomó a su hijo por la oreja y lo arrastró rancho adentro. Lucrecia que no entendía nada de lo que pasaba se metió entre los dos para evitar que le pegara, era la primera vez en su vida que veía a su marido tratando así a Juancho.

-¿Qué pasa puej, se volvieron locos? ¿Muchacho qué hiciste? ¿Verga pero es uno se descuida y pasa algo? ¡Respóndame coño! – Gritaba sin respirar Lucrecia.

-¡No sé qué coño pasa! Pero allá bajo me dijeron que el carajito se peleó con Lucho y le quitó la pistola ¿Qué él diga qué pasa?¿Y dónde tiene la vaina esa guardada? ¡Yooo no crie malandroooo, no joda! – Gritaba más duro Melquides.

Juancho los miraba sin una gota de emoción, se salió del rincón dónde lo había tirado su padre y caminó hasta la mitad de la sala. Sus padres pálidos y agitados, veían como él sacaba despacio el arma y la empuñaba apuntándolos.

-Baja eso mijo, se te va a salí un tiro, baja eso – Imploraba Lucrecia. Melquidades no podía decir nada, sólo logró ponerse de rodillas delante de su hijo. Juancho caminó apuntándolo, llegó a pocos centímetros de él. Su oído agudo escuchaba el corazón desbocado de sus padres. Algunas lágrimas se asomaron pero no bajaba el arma. Caminó un poco más y llegó hasta la frente de su padre que ya no lo veía. Lucrecia desesperada empezó a gritar. Pero como en el barrio sus gritos eran normales, nadie le prestó atención.

Ya cansada, también se puso de rodillas, pero no bajaba  la mirada. – Yo te parí Juan José- decía asfixiada. – Yo no crie malandro- Logró decir Melquiades con soberbia. Ambos lloraban. Juancho no bajaba el arma.

-¿Usted crió malandro? – Dijo Juancho empujando un poco la boca del revolver sobre la frente de su padre. No hubo respuesta.- ¿No me oyó, qué si usted  crió malandro? Esta vez golpeó levemente la cabeza de Melquiades. – No – dijo en seco y tembloroso.

– Ummm, es verdad usted no crió malandro, el malandro es usted- Melquiades subió la mirada tan sorprendido que volvió a quedar mudo. Lucrecia se terminó de sentar en el piso casi desmayada.

Juancho se separó de sus padres, caminando hacia atrás pero aun empuñando el arma. Giró un poco y disparó.

La fuerza de la detonación hizo que Juancho se cayera y empezara a llorar sin control. Un líquido negruzco bajaba por sus piernas, eran restos de pólvora con su orín. Nadie se acercó al rancho. Todos alrededor oyeron. Nadie salió. Uno o dos muertos más eran parte del paisaje. Ya llegaría la policía. Luego lo olvidarían.

Lucrecia logró pararse del piso y se acercó a abrazar a su hijo. Ella también había visto el video, ella también había visto el periódico. Ella también sintió rabia, pero… calló.

Juancho se levantó sin responder el abrazo de su madre, ella quedó sentada sobre el charco de orín de su hijo. Abrió la puerta del rancho y recogió su violín. Volvió a entrar viendo fijamente el pasaje de avión que estaba sobre la mesa. –Soy un artista- pensaba. Comenzó a tocar sin sentido, su mano adolorida no daba para mucho pero aun así lo intentó. Recordó lo que le había dicho su maestro, que él sería como un embajador de Venezuela, que la música era un mensaje de paz, entonces él era eso un artista y un mensajero de paz.  Miró el desastre, ahora sabía que la misma mano que ejecutaba música, podía ejecutar…

El radio de pilas de la vecina que estaba mal sintonizado se entrometía entre las notas perfectas pero adoloridas de Juancho – Si aún crees en la paz, que nada te detenga. La democracia es nuestro plasma. Vota el 8D -. Todo estaba fuera de lugar, todo, menos la esperanza.

Sobre el piso el plasma había salpicado la sala y la minúscula cocina. El disparo fue certero, fulminante. Hasta las rodillas de Melquiades llegaron fragmentos del televisor que había saqueado tres días antes en Daka.

– El malandro eres tú – Dijo Lucrecia.

———-

Dedicado a mi mamá que me dio todo a pulso y horas sin dormir; ella la que me llevó a votar por primera vez, la que tantas veces me repitió “trabaje lo suyo”… 

——–

Para descargar en PDF Venezuela necesita Plasma 8D

Si vas a imprimir, recuerda hacerlo en papel reciclado y en baja tinta images (30)

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s