Bogotá humana. Crónica 2. 24 Oct 2014

Hoy quise comprarme una cámara nueva, pero mi banco y nuestra miseria cambiaria no quisieron. Tarjeta negada. Además que el propósito de venir era ese, pero…

Con el hocico algo arrastrado inicié un trayecto sin mayor destino. Aquí los encuentros que me regaló; un señor vendía una fruta muy rara, era como un cogoyito de coco, mi memoria sabía que la conocía pero no recordaba, cosa rara, hasta que la probé y me fui directo a mi infancia en Costa Rica, en Bogotá se llama chontaduro, yo lo conozco como pejibaye, en Venezuela no hay, eso me alegró contundente, simple y sabroso.

Seguí mi caminata con el ánimo renovado y Bolívar de nuevo me saludó, esta vez estaba ecuestre, eso me gustó más, guapo en su caballo. Me pregunté si sentirá verguenza de lo que pasa en Venezuela, pero después solo le di las gracias por ese sueño de La Gran Colombia.

Seguí marcha sostenida y de repente apareció un local inmenso llamado El Indio Amazónico, algo de él había visto en televisión, entré en un sofoco de incienso y cánticos new age, un mega salón con muchas sillas y un trono, paredes con mensajes para la buena suerte y una amable chica que me dijo que la consulta eran 30 mil pesos, vi en la vitrina unos jabones africanos para el amor, morí de la risa y seguí. Por cierto este señor también tiene un salón y consultorio en New York por si les interesa.

El palo de agua reventó, desbordó la avenida con granizo incluido, me tocó refugiarme en una farmacia y… esperar, yo maravillada de la alfombra de hielo que se formó en minutos, mientras los otros refugiados se quejaban. Ni modo. La última vez que vi granizo fue en Cape Town.

Rato después pude continuar ligero y con más frío, no me llevé la chaqueta porque pesa y hoy sí hizo falta. Me calé mi tembladera con honor.
Encontré un cafetín que tenía cara de comida rica y así fue. Mi estómago gruñó, luego se sorprendió con una sobrebarriga, papas, yuca, arroz y ensalada. Ni siquiera se me ocurriría cenar hoy. En ese café vi a un señor mayor, creo que el más elegante que he visto en la ciudad y se lo dije. Le brillaron los ojos. Me tomó las manos y con un -gracias- apenado me sonrió.

Me di cuenta que al borde del trayecto estaba el cementerio principal, compré un ramito de flores y entré. Siempre tomo fotos en los cementerios, tal vez es lo más -raro- que me gusta hacer en el tema fotográfico. Pregunté en la administración por el mausoleo de la familia colombiana de mi abuelo pero no hubo pistas. Fui dejando flores del ramo en las tumbas antiguas y abandonadas. Invoqué a mi bisabuela y le recé, le agradecí el gran regalo que fue mi abuelo Tito. A mi que me cremen, prefiero ser abono que bloques derruidos llenos de voces tristes.

Seguí.

Pasé por dos cuadras en que supe de inmediato que NO debería estar allí. Recogelatas, recolectores de plástico y otras personas menos amistosas estaban en unos locales donde se recicla. El paisaje se tornó más denso cuando aparecieron travestis y luces de neón. Solo apresuré el paso. Mi cara no me ayuda nunca en esos líos, demasiada blanca, demasiada -musiú-.
Logré safarme de esas cuadras con rapidez y de repente me vi en el centro de la ciudad. Me dispuse a buscar La Candelaria, ya no daba más, tenía cinco horas caminando, los últimos quince minutos rapiditos, rapiditos.

Llegué al museo del oro y divisé el estruendoso naranja de la fachada del hotel. Respiré con más calma.

Descansé una hora y me fui de nuevo a la calle, es que en Bogotá las plazas tienen plácida vida nocturna. Vi la magnífica plaza mayor donde también está Bolívar, la caraqueña es tan chiquita, aquí todos los monumentos al Libertador son inmensos ¿Lo quieren más?.

Me invadió un aroma a pan recién hecho que me enloqueció, recordé la sobrebarriga, pero un croissant no es cena. Era un pancito relleno de jamón, queso y… piña. Gula mía que te abrazo. Continúe, un motorizado guapísimo me tiró un besito, es que yo iba sonriendo por el cachito hawaiano ese que acababa de pausadamente comer.

Fue en ese paseo nocturno donde mi día tuvo más sentido, encontré a Elvia acurrucada entre un jardín y sombras. Me le acerqué sigilosa, suave y le hablé. Quise saber si había comido, me dijo que una sopa. Me senté con ella, sus 68 años olían a calle, hambruna y soledad. No tuvo hijos, no recuerda desde cuándo está en calle. “Yo rezo mucho hay tanta gente en la calle, no tengo nada de veneno por eso estoy sana”. Nada de veneno en su corazón, me sonrió plena. Vio mis uñas, mi esmalté le encantó, las de ellas estaban pintadas de distintos colores porque esa es la moda. Me pareció hermosa y genuina, muy dama. Nos tomamos un selfie, ella no sabía que eso se puede hacer.La abracé y seguí.

Hoy le pertenecí completa a esta Bogotá humana.
¿Creen que me importa que no compré la cámara?.

20141024_190000 20141024_185621

HPIM0805a

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s