Bogotá Humana. Crónica 3. 26 Oct 2014

No sé vivir sin el arte, deleitarme con las posibilidades infinitas de la creatividad, además de entender que es inmortal. Todos nos volveremos polvo y el legado humano está a través de todas las bellas artes y por supuesto la ciencia, que además es aliada en mantenerla y preservarla. Hablo sin duda de la capacidad de los museos por mostrarnos lo que nos pertenece como herencia por el solo hecho de ser humano. Me encaminé temprano al Museo de Arte Nacional de Bogotá, que es una delicia en estructura, equilibrio de la muestra y buen servicio. Descubrí a Francisco Antonio Cano (1865 -1935), un pintor colombiano exquisito, hábil en el claroscuro y los retratos, cuya obra insigne es “El Cristo del perdón”, no siendo el religioso. Estudió en París y consagró la pintura impresionista de Colombia. Una belleza.

Justo en el piso cuatro donde observaba un hermoso lienzo que representa el uso de la mantilla por la bogotana, se me acercó la guía y se pudo a conversar conmigo sobre lo que significa ser -cachaco (a) — el colombiano educado y buen vestido; por eso la importancia del uso de la mantilla en las mujeres, cosa que por supuesto ya no se ve. ¿Somo menos femeninas ahora?

Se los dejo.

Lo interesante de mi conversación con Marieta (la guía), es que después vimos un segundo cuadro donde hay una pareja, como de pueblo sentados en una carreta llena de caña, la mujer se ve cansada con la mirada perdida y el hombre iba tocando como una especie de cuatro. Yo me volteo y le digo: los hombres siempre como pensando ligero, ella se ríe y me dice que sí; a partir de ese minuto y en los siguientes diez, al menos, ella me contó sobre su esposo, que ya tiene viuda cuatro años y que no le gusta la soledad que siente al llegar a casa, aunque estén sus hijos. Se me arrugó el corazón, porque además Marieta es -cachaca- muy linda, letrada, pero eso no es suficiente cuando las mujeres nos sentimos solas, de eso yo también sé; llegar a casa y que nadie esté, es una sensación que a veces a las mujeres nos arranca la piel y lágrimas, después vamos entendiendo que sentirse sola, o por lo menos ha sido mi experiencia femenina, que no tiene nada que ver con estar acompañada de una pareja o no, sino de las cosas que te dice a favor o en contra tu voz interna, cuando empiezas a escucharte con más dulzura, perdonar errores, tener esperanza, esa soledad física ya no duele, no es un luto.

Supe de inmediato que debía darle esperanza a Marieta, le hablé desde lo poco que sé de la vida y la abracé. Ojalá le dejara algo de luz, como yo en esos momentos agrios en algún momento también recibí.

Qué bueno saber que Colombia es más que café y guerrilla, eso la endulza, la vuelve afable ante los ojos foráneos. Qué cosas, poco sé en realidad de mi vecino, me siento reconfortada por irla descubriendo a través de la belleza amasada en óleo, barro, madera y música; porque lo musical si fue una gran sorpresa, en el mismo museo hubo un concierto de cuerdas por la Orquesta Filarmónica Juvenil de Cámara, unos muchachos virtuosos, que nos pasearon por el barroco con un sentido alegre y sinuoso. No soy muy adepta a la música barroca, aunque reconozco que parte de mi pensamiento a veces lo es. Fue una hora plácida, serena, guiada por el maestro Leonaro Federico Hoyos, joven, orgulloso se sus muchachos y buscando darle a Colombia un sonido lejos del vallenato y la cumbia, construir desde la música clásica, melodías más universales, pero -bacanas, con sello colombiano.

Me fui del museo con el corazón de camafeo, no sé cómo explicarlo pero me sentía más linda, ver las obras, volar con la música, abrazar a Marieta, me hizo de nuevo reconocer la tranquilidad espiritual que en los últimos años he ido tejiendo a pulso, con más amor por mí, mi historia, porque tal vez nadie sabrá de Claris como una obra de arte, pero construir mi vida de esa manera es mi responsabilidad y legado. Nada fácil por cierto, aquí voy.

Salí del museo y me crucé con el Planetario, ayer no podía entrar, pero ya sé dónde está, lo tengo pendiente, ojalá no me duerma en él, como un día sucedió en Cape Town con Daniela . Me crucé en sus jardines con una concentración de zombies, gente muy divertida para estar muertos o moribundos, mostrando sus sangrientos maquillajes, la prueba que no es realmente cierto que todo el mundo tiene miedo a la muerte. De esas cosas que hacen contrastes locos, en una gran carpa cerca, había un grupo de personas del mundo taurino que están en huelga de hambre porque la plaza de toros de Bogotá, tiene un buen tiempo cerrada. En uno de los afiches que tienen, dicen que lo taurino es -arte- y que no es violencia animal, que cosa más ambigua, menos mal que no me crucé con ninguno de ellos, además pensaba que no debe ser muy justa una conversa con alguien con mucha hambre, creo que ellos debería salir al ruedo y puyarse el lomo hasta desangrar, a ver si les parece violento o no; en un acto de plena justicia, me compré una mazorca, gorda, humeante, bañada en mantequilla y me la comí en la baranda cerca de donde están los carniceros huelguistas, con ese acto cruel y sin piedad puse en equilibrio mi lado oscuro, que creo se despertó con los zombies y seguí.

Me fui en búsqueda de La Macarena que está a una cuadra empinada hacia la montaña, había quedado encontrarme allí con mi hermanita sudafricana Àngela que tenía justo un año sin verla, nos conocimos en Ciudad del Cabo y estamos enlazadas de amor, como todos los que estudiamos juntos en la hermosa Sudáfrica. Terminamos cerca en el apartamento de un buen amigo suyo, desde donde pude ver la plaza de toros literalmente abandonada, cosa que me dio alivio y me acentuó la no culpabilidad de comer el delicioso maíz en la puerta de los muertos de hambre. Como diría en perfecto venezolano -jódanse-.

El encuentro con Ángela fue la prueba que Dios creó la amistad para que sea un pilar, ni siquiera en el presente, sino hacia el futuro, era poco probable volvernos a encontrar, aunque vivimos en países vecinos, pero sucedió lleno de alegría, abrazos, lágrimas, y muchas botellas de vino. Creo que los muérganos de sus amigos me hicieron cantar canciones de Carlos Vives que realmente me gusta. Grabé un video que ya deben haber visto cuando aún hablábamos un español común, pasada la media noche estaba en mi pijama como niña buena y ebria.

Ayer la Bogotá Humana me mostró cosas de ella, es cierto, su lado intelectual, sin embargo este día me mostró más de mí misma, de lo que realmente soy, que me gusta vivir, amar, ser irreverente pero ya no mucho, saber que mi corazón de mujer está sano para amar de nuevo, con matices propios del claroscuro de Cano, porque ni santa, ni perfecta, sólo con una mirada más genuina sobre lo que he decido ser, entendiendo que en muchos momentos me equivoqué, también lastimé, tomé decisiones desbordadas, pero que no quiero quitar ni una sola pieza de mi pasado, porque es mi legado, es la base de la obra, de mi camino.

Vi que ese valor que le doy a la amistad es ilimitado, necesario, inmortal; que cada persona a la que he llamado amigo (a) le tengo amor grande, aunque los caminos nos crucen poco. Si llegaste al final de esta crónica es porque hay algo de mí que te pertenece y agradezco tu presencia, lo que me has enseñado, yo soy también, lo cada amigo (a) ha sembrado en mi corazón.

Gracias Bogotá, tú la humana, yo también.

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